El poeta dominicana Frank Báez comparte su visión acerca de la literatura en este episodio del segmento televisivo Cultura Libre, un espacio que busca crear reflexión acerca de la importancia de la cultura. Espero que disfruten este formato diferente en Lecturas Íntimas.
lunes, 1 de junio de 2020
viernes, 10 de abril de 2020
Vargas Llosa y los cinco libros que influyeron en su vida y obra
| Mario Vargas Llosa | Foto: Andi Gomez |
Cinco libros y una pieza teatral fueron más que suficientes para seducir al ganador del Premio Nobel de Literatura 2010, Mario Vargas Llosa, hacia el mundo de la literatura. Así lo dejó saber durante la charla magistral “Cinco libros” que se llevó a cabo en la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña, durante la Feria Internacional del Libro Santo Domingo (FILSD) 2016.
El escritor peruano recuerda que aprendió a leer a los cinco años, cuando residía en Bolivia, un hecho que destaca como lo más importante que le ha pasado en la vida. En sus palabras, ese encuentro con la lectura enriqueció su mundo: “Recuerdo clarísimamente cómo creció mi horizonte, gracias a esa operación mágica que era leer un libro, convertir las palabras en imágenes y las imágenes en aventuras”.
El primer libro prohibido que leyó fue 20 poemas de amor y una canción desesperada, que su madre -una buena lectora- guardaba en su mesita de noche. Allí se dio cuenta de que la poesía y la literatura tenían algo profundo, aunque en la edad (menos de 10 años) en que tuvo ese encuentro con ambas no las entendiese.
“Encontrarme con esos versos de Neruda, rodeados de una prohibición y no entender lo que sucedía, pero sospechar que tenían algo que ver con el pecado, fue para mí muy importante. De alguna manera, la poesía y la literatura tenían que ver con una dimensión de la vida que no tenía una buena carta de presentación”, dice quien en 2016 fue galardonado con el Premio Internacional Pedro Henríquez Ureña.
Desde esa época entendió que ambas le permitían explorar lo prohibido, lo que no era de buen gusto y que, sin embargo, significaban algo importante de la experiencia humana, de la vida: “Una cierta idea de la literatura se fue infiltrando en mí y de alguna manera eso ha tenido una repercusión en las cosas que he escrito después”.
Llosa aclaró que en ese momento no sospechaba que algún día querría ser escritor y resaltó que la idea de serlo, para los latinoamericanos de su generación, era algo imposible: “En esa época escribir era practicar un hobby, algo que nos ocupaba los domingos, los días feriados y el resto de la vida uno se sentaba a ganársela ejerciendo una profesión liberal, algo que parecía completamente incompatible con el acto de escribir”.
El ganador del Premio Nobel de Literatura 2010 llegó a pensar en ser marinero, torero o alguna profesión que le acercara a la aventura. Y confesó que recuerda sus años en Bolivia más por los libros que leyó, que por los compañeros que tuvo en el colegio.
Empezó a sentir la tentación de escribir cuando dejó atrás la niñez y vivía en Perú, en donde continuó leyendo libros cada vez más densos y largos. Pero no fue hasta sus últimos años en el colegio cuando pensó en si elegir otra profesión no se convertiría en un estorbo para poder dedicar el tiempo suficiente a lo que se estaba convirtiendo en un interés primordial en su vida.
Su encuentro con el teatro tuvo lugar en Lima, en donde una de las obras que disfrutó le marcó para siempre: La muerte del viajante, de Arthur Miller. “Verla me mostró que el teatro podía, en ese espacio tan pequeño y en ese tiempo tan breve, revelar un mundo de una diversidad, complejidad y profundidad, semejantes a una gran novela”, dijo el autor de La fiesta del chivo.
Para Llosa, el teatro era una forma de literatura encarnada en seres vivos, que podía tener un efecto y un motivo sentimental e intelectual incluso mayor que el de una gran novela. Por este dejó de soñar en ser poeta y pasó a desear en convertirse en dramaturgo. Incluso llegó a escribir su primera obra teatral, que se montó en su último año del colegio. Esta fue -en sus palabras- su primera gran experiencia literaria, pues al dirigirla pudo apreciar cómo la historia se levantaba del papel. De hecho, admitió que esto le hizo sentirse un escritor.
“Cuando pasaron los años sentí mucha vergüenza al leer esa obrita que se llamaba La huida del Inca, rompí todos los manuscritos y creí que había conseguido borrarla de la faz de la tierra, pero mi madre había guardado un ejemplar”, recuerda el laureado escritor, sacando la sonrisa de los presentes. Luego afirmó que se lo encontró 30 o 40 años después, lo que le hizo sentir más vergüenza, pero lo conservó como una primera manifestación de una vocación literaria inicial.
Este acercamiento con el teatro quedó relegado por un tiempo, pues Llosa entendía que en Perú era impracticable: “Los peruanos que escribían una obra corrían el riesgo de no verla nunca en un escenario. Había muy poca actividad teatral y creo que eso fue alejándome temporalmente y empujándome hacia la narrativa”.
El escritor de 80 años entonces decidió estudiar Letras y Derecho, porque comprendió que debía ganarse la vida con una profesión liberal. Como en esa época la influencia francesa era dominante y se puso de moda el existencialismo, para Llosa fue importante descubrir a Jean Paul Sartre, pues le ayudó a pensar que la literatura no era un lujo en un país como Perú, en donde no se leía porque muchos no sabían leer y quienes podían hacerlo le daban la espalda a la literatura.
“Leyendo a Sartre descubrí que tenía sentido escribir literatura en un país así, era maravilloso, sobre todo, leer la colección de ensayos ¿Qué es literatura? en que Sartre nos decía que escribir es actuar a través de las palabras”, expresa entusiasmado Llosa, quien comenzó a ver cómo los poemas, las obras de teatro, los cuentos y las novelas repercutían en los lectores y en la historia, pues gracias a estas se tomaba conciencia de las problemáticas y la gente se movilizaba.
“Yo leía a Sartre con tanta pasión y discutía con tanta pasión las ideas de Sartre que mis amigos de la universidad me pusieron un apodo muy divertido: ´el sartrecillo valiente”, aseguró Llosa, lo que provocó las carcajadas del público.
El autor de Conversación en la catedral asegura que a mediados de los años sesenta
sintió una gran decepción de Sartre, luego de leer un reportaje en que el
filósofo francés aseguraba que los escritores africanos debían renunciar a la
literatura para hacer primero la revolución y crear un país en donde la literatura
fuese posible: “Recuerdo haber leído y releído esa respuesta decepcionado y
además indignado. Era el mismo intelectual que nos había hecho creer que la
literatura era una manera de actuar, de cambiar la realidad, de influir sobre
la historia”.
Llosa había asumido ser escritor de tal
manera que los argumentos de Sartre no podían hacerle dar marcha atrás y lo
decepcionó cada vez más: “Terminó, incluso, defendiendo la revolución cultural
china, donde millones de personas fueron sacrificadas en una especie de
dictadura ideológica”.
| Mario Vargas Llosa | Foto: Andi Gomez |
Por esos días, Llosa descubrió al escritor
estadounidense William Faulkner: “Creo que ningún novelista ha tenido una
influencia tan grande en la narrativa de América Latina como él. Creo que
fueron muy pocos los escritores que no fueron afectados por la lectura de este
gran creador norteamericano”.
Llosa expresa que las razones eran varias.
Una de ellas es que el mundo le dio a Faulkner la materia prima para su saga novelesca
Yoknapatawpha: “Tenía mucho que ver
con Latinoamérica; Yoknapatawpha, al sur profundo de Estados Unidos, era un
mundo que al igual que en tantos países de América Latina había vivido en la
tensión, animadversión, subordinación, prejuicios raciales y sociales, además
de grandes problemas económicos”.
Para él, Faulkner es uno de los escritores
modernos que está más cerca de los escritores clásicos. Gracias al autor
estadounidense, Llosa descubrió la forma literaria, la importancia del narrador
y el tiempo.
Una novela que fue muy importante para
Mario Vargas Llosa fue Los Miserables,
de Víctor Hugo. Aquel libro le impresionó tanto (como Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas) que quiso no volver a
leerla para no decepcionarse. Sin embargo, años después recibió la solicitud de
escribir un prólogo de una nueva traducción de la obra: “Volví a leer a Los miserables. No solo no fui
decepcionado, sino que me enriqueció extraordinariamente. Me confirmó que el
elemento cuantitativo jugaba un papel esencial en el mundo de la riqueza
literaria”.
Mario Vargas Llosa concluye su ponencia
reafirmando que a los autores mencionados les debe el haber escrito sus obras y
ser el escritor que actualmente es. En ese sentido aseguró que ningún autor le
ayudó tanto en su vocación y a descubrir el escritor que quería y no quería ser
como Flaubert: “Pocas veces he tenido una experiencia tan conmovedora como leer
una novela de Flaubert. Madame Bovary la leí en estado de trance y exaltación.
Creo que lo que me deslumbró era que contrariamente a lo que se creía se podía
hacer la literatura realista y, al mismo tiempo, un objeto estético de enorme
calidad”.
El escritor peruano dice que con este libro
descubrió que quería ser un escritor realista, aunque podía leer a los escritores
fantásticos y disfrutarlos: “Las historias que yo quería contar tenían que
influir en el mundo real y esas historias tenía que tratar de contarlas con la
elegancia, belleza y perfección que había logrado
Flaubert en la literatura realista”.
*Colaboración para la FILSD2016.
domingo, 30 de diciembre de 2018
Wingston González: "El compromiso del poeta está con su idioma"
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| Foto: Wingston González |
Lo que conoce el joven poeta guatemalteco Wingston González de la literatura dominicana actual es muy poco. Sin embargo, desde que se asomó al Santo Domingo de Postales de su amigo el poeta Frank Báez y de El Hombrecito, así como a la música de Rita Indiana o al movimiento de spoken word que hay en el Caribe, quiere entender la escritura de un vecindario tan próximo y tan desconocido en Guatemala. Es por esto que afirma sentirse muy emocionado de la idea de leer en la urbe, al aire libre, en el Metro de Santo Domingo, y estar en contacto con la gente a través de su participación en la 21ª. Feria Internacional del Libro Santo Domingo (#FILSD2018).
Según tus palabras, escribes textos poéticos para no aburrirte. ¿Qué tiene la poesía que evita que lo hagas?
No se me da bien hablar de literatura. En realidad no se me da bien hablar —o vocalizar— sobre cualquier cosa. Pero desde siempre tuve una propensión a contar, recitar o divagar sobre las cosas. Conocí la lectura en la biblioteca parroquial de mi ciudad. Mis madres creían que el lugar estaba endemoniado, y nunca fuimos muy fans de alojar bugs espirituales. Aún así, como de todos modos nos perseguían a donde nos mudásemos, seguí yendo. En el último sueño con mami Marta, mi abuela, fallecida hace año y pico, mami Marta descorría unas cortinas colgadas entre los árboles de un bosque. Mi abuelo Martín, que al parecer murió en un hospital del Bronx cerca del 2000, o algo así, corría en cuerpo de venado al rededor del patio de nuestra primera casa en París, un barrio de Livingston. La lectura, solo detrás de los sueños, es mi principal proveedor de mundos alternos y, hasta ahora, no he encontrado dealer más generosa, ni tampoco más exigente.
La poesía es un medio para involucrarme en las otras cosas que hay —hubieron, habrán— detrás del lenguaje ordinario.
Ahora que los libros están a un clic de distancia, ¿sigues frecuentando bibliotecas? ¿Crees que en algún momento alguien haga un proyecto como “deadmall.com” llamado “deadlibrary.com”?
(RISAS) Por 10 años viví en el altiplano de Guatemala, muy lejos de las urbes y más lejos aún de Internet —algo que, en 15 años, ha cambiado mucho—. Sin embargo, en cada pueblo había una biblioteca, algunas muy, muy, pero muy bien equipadas. Sí, los libros están a un clic de distancia. Aunque creo que falta mucho para cerrar la brecha entre las personas y ese clic. Seguramente habrá un deadlibrary.com, pero, a diferencia de los malls, quizá para ese entonces habremos zanjado esa brecha y nos encontremos con un nuevo tipo de lector que aún no podemos prever. Pero en lo que llega ese momento, mañana tengo que devolver un libro a la biblioteca del Centro Cultural de España en Guatemala.
¿Y qué piensas de las redes sociales? ¿Son competencia o aliadas de los escritores?
Ni competencia ni aliadas, sino herramientas. Las redes sociales virtuales, me parece, funcionan una expansión, una realidad aumentada, de las redes sociales que la especie (incluso la vida misma) viene construyendo por millones de años. Así que es más un desplazamiento hacia otros campos del lenguaje, una sofisticación de las herramientas. Aunque también es verdad que como herramientas aún quedan muchas posibilidades por explorar y entraña un chingo de aspectos que aún no terminamos de entender y que deviene en peligros y certezas de peligros. Por mi parte, hace un año cerré mis perfiles en la mayoría de los servicios de red social, excepto dos aplicaciones de mensajería, correo electrónico y página web. Con eso me basta, la verdad.
Afirmaste en una entrevista que tu libro traslaciones lo escribiste para desacralizar al ser humano. ¿Por qué hacerlo? ¿Sientes que es necesario?
Ya no estoy seguro de eso. Cuando junté los textos de traslaciones quería comunicar el desasosiego que me causa la finitud de las cosas. O eso es lo que sé ahora. Todos los días, mientras voy al trabajo —cuando tengo trabajo— toca esquivar en la calle los reclamos de cierta trascendencia light, sacralidad pensada para el consumo: la publicidad, la televisión, los cupones de descuento, los sorteos, las promesas de viajes a Dubai, los edecanes promisorias. Los personajes de traslaciones, en cambio, están instalados en una especie de cultura del desierto, de puertas abiertas, enfrentados únicamente a su cuerpo y al cuerpo de los otros. Esto lo pienso ahora, con la pregunta; aunque desacralizar quizá ya se me hace demasiado mala onda, demasiado fuerte. Quizá se trate más bien un intento de pensar el cuerpo y el gesto como materias dignas de atención.
Con este libro obtuviste el premio Mesoamericano de Poesía Luis Cardozo y Aragón 2015. ¿Qué suponen los premios para un escritor? ¿Qué lugar ocupan en tu vida?
Significa apoyo económico, publicación, difusión y ¿suerte? Escribo principalmente para mí, para las amistades y, cuando hay generosidad, para quien le interese publicar mis textos; por lo que elegir un libro para concurso implica pensar en un tipo de lector que deberá ponderar el merecimiento o no del estímulo económico o la difusión de la obra. A esto, añádase las maniobras del caos, que el jurado se tome más o menos en serio su trabajo —de hecho, que se lo tome como un trabajo— que las instituciones detrás de los certámenes imprima rumbo y carácter a los mismos, y un largo etcétera. En todo caso Hazel y yo disfrutamos mucho el dinero del premio, la publicación y las oportunidades que se abrieron después.
En tu opinión, los escritores de países como Guatemala se están enfrentando a la violencia económica de saqueo. ¿Entiendes que esto influye en la escritura?
Sí. Y no solo la escritura, sino también el arte, la artesanía, el comercio, la política, la estética, mami, sus amigas, mis amistades. En el caso especial de la escritura, esta es una cultura, incluso, con pocos mapas, pocos manuales de procedimientos, poca lectura. Excepto como copy en publicidad, el ejercicio periodístico, trabajar en alguna forma de propaganda o en tareas puntuales de producción del objeto que llamamos libro, se espera que la escritura creativa sea de distribución gratuita, por pasatiempo, por fama y gloria —whatever that means— o por cerveza o gran compañía. Desde los primeros versos que escribí para burlarme de mis compañeros de clases entendí que escribir sería una forma de resistencia. Hoy con la gran compañía y un vaso de leche me siento bien pagado. Lo cual no quita que tenga que vivir con la sospecha, o más bien con la certeza, que escritura creativa no es un florero, si no un potente artefacto cultural en el que resguardar la memoria del vecindario.
Un artículo del periódico El País de España dice que el poeta latinoamericano ya no hace revolución. ¿Qué tan cierto es esto? ¿Se puede ser la poesía un factor de cambio?
No sé cómo responder a esta pregunta. Creo, como platicábamos hacer unos días con el poeta Enrique Noriega, y como he leído tantas otras veces en tantas otras escrituras, que el compromiso del poeta está con su idioma. Al menos en principio. Desde el momento en que las poéticas abren a otras posibilidades de mundo y resignifican y remoldelizan el material de las que están hechas, eso ya es una revolución, ¿no? Y gana de antemano, quizá.
Como representante de la literatura mesoamericana actual, ¿qué debe saber la gente al respecto? ¿A quiénes debe leer? ¿A quiénes debe tener de referencia?
El otro día, en un bar subterráneo y muy mala vibra, platicábamos con unas amistades sobre Mesoamérica, y qué significa algo así en tiempos de ampliación del campo de la diáspora, con tanta gente en Estados Unidos, tantos muertos en los caminos y tantas patrias como vínculos en Internet. No llegamos a nada claro. Casi toda mi familia creció en el Caribe y desde, mi subjetividad, hay por lo menos una Centro América mesoamericana y una caribeña. Por lo menos. Seguro estoy metiendo las patas, pero viviendo en Ciudad de Guatemala —y después de vivir un chingo de años en el altiplano—, me siento más un caribeño en la capital. A veces. Ahora creo que hay que leer la antigüedad; las poéticas y narrativas pre-hispánicas, las escrituras de la Colonia, los documentos republicanos. También hay que leer a Cardoza, a Salarrué, Eunice Odio, Yolanda Oreamuno. A la vanguardia nicaragüense y a los poetas de las guerras revolucionarias del vecindario. Y, cómo no, la contemporaneidad, la literatura viva de la región, su periodismo, que dan cuenta de esa memoria instalada en la escritura.
Cuéntanos un poco acerca de tu próximo proyecto, ¿qué pueden esperar tus lectores?
Trato de escribir todos los días, entre versos, textos narrativos y, como ejercicio, traducciones. Ahora mismo, con la traducción del poeta Urayoán Noel, se prepara una pequeña plaquette en Estados Unidos, 5 poemas de Miss Muñecas Vudú y uno reciente. Una nueva versión del texto de CafeínaMc está siendo leída por mi amiga Cindy Amarilis Vega en Puerto Rico. Incursiones en dramaturgia, performance y música y, espero, un texto narrativo que lleva en proceso varios años.
Wingston González se ha descrito anteriormente como un documentador. ¿Por qué? ¿Qué documentas?
Creo que la escritura es la memoria del vecindario, como conjunto, pero también la memoria de cada vecino. En ese caso, lo que intento documentar es mi existencia, como percepción, sobre la Tierra.
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